México celebra a su sector marítimo, pero la ocasión también invita a una conversación franca sobre capacidades, aspiraciones y el largo camino por recorrer.
El 1 de junio, México conmemora el Día de la Marina. Es una fecha que honra no solo a la Armada de México, sino a todo el sector marítimo nacional: la marina mercante, los puertos, la industria naval y las miles de personas que trabajan vinculadas al mar. Es, por tanto, una ocasión propicia para celebrar lo logrado, pero también para reflexionar con honestidad sobre los retos que aún enfrentamos como nación marítima.
Este año, como en ediciones anteriores, se destacó el concepto operativo naval y su papel en la defensa exterior de la República para mantener la soberanía nacional. Es una declaración con pleno respaldo constitucional y estratégico. La pregunta que cabe hacerse, con el mayor de los respetos hacia la institución, es si los medios disponibles están a la altura de esa ambición.
Una armada con vocación de guardia costera
México cuenta hoy con entre 20 y 30 buques de patrulla oceánica relativamente modernos (aunque su estado operativo es desconocido por el autor), y tiene en construcción siete más de la clase Yucatán (OPV25). Son plataformas valiosas, eficientes y necesarias. Pero son, en esencia, buques de guardia costera: aptos para vigilar la zona económica exclusiva, combatir la pesca ilegal no regulada, enfrentar la piratería y el robo armado en el mar, y apoyar operaciones contra el tráfico de drogas y personas.
Nada de lo anterior es menor. Son precisamente los escenarios de amenaza más frecuentes y apremiantes que enfrenta México en sus mares. Tiene sentido que la Secretaría de Marina priorice este tipo de medios para este tipo de misiones.
Sin embargo, hay una brecha significativa entre esas capacidades y lo que se requeriría para cumplir con la misión constitucional de defensa exterior de la República en un sentido pleno.
La Armada de México, tal como está equipada hoy, carece de plataformas capaces de realizar operaciones propias de la guerra anti-superficie, guerra anti-submarina o guerra antiaérea. No se trata de una crítica a la tripulación, a la doctrina ni al liderazgo institucional: es una constatación de la realidad del inventario naval. Un buque de patrulla oceánica, por más moderno que sea, no está diseñado ni equipado para este tipo de operaciones.
De hecho, hace un par de semanas fue publicado un interesante artículo en la prestigiosa revista Proceedings, del US Naval Institute. En ella, el autor (Mexicano) elabora sobre la posibilidad de modificar el concepto operativo naval actual y, con una mínima inversion en sistemas de armas, transformar los buques de patrulla costera y oceánicas en plataformas polivalentes capaces de realizar operaciones de guerra asimétrica naval.
No es mi intención analizar dicho documento (con el que no estoy del todo de acuerdo), pero considero que éste refleja precisamente una realidad: la Armada necesita de medios modernos para la defensa exterior (mínimos, pero escalables) y los actuales son insuficientes.
La escala de Germond y una aspiración posible
El académico Basil Germond ha propuesto una clasificación de las marinas de guerra según sus capacidades reales. Bajo esa escala, una marina de nivel 4 sería aquella que, además de tener capacidades de guardia costera en su mar territorial y zona económica exclusiva, puede realizar operaciones de defensa costera autónoma y participar en acciones de proyección de fuerza bajo coaliciones internacionales.
México aspira a ser una potencia marítima regional. Tiene una extensa frontera marítima, una ubicación geográfica de enorme relevancia estratégica y una creciente presencia en el comercio global. Alcanzar el nivel 4 de Germond no es un lujo: es una meta coherente con esas ambiciones y con la responsabilidad de proteger los intereses nacionales en el mar.
Para ello se necesitan plataformas distintas: principalmente corbetas o fragatas ligeras equipadas con sistemas de armas para la guerra anti-superficie, anti-submarina y antiaérea. En ese sentido, sería deseable reactivar el proyecto POLA —patrullero oceánico de largo alcance con mayores capacidades de combate— construyéndolo en paralelo con las OPV25, sin abandonar tampoco la construcción de patrullas costeras e interceptoras. Un programa de repotenciamiento naval de 15 años, que explore mecanismos de financiamiento internacional —incluyendo acuerdos con astilleros y fabricantes— podría ser el camino realista hacia esa transformación.
El mar no termina en el puerto
El Día de la Marina, sin embargo, va mucho más allá de la Armada. El sector marítimo nacional es un ecosistema enorme que incluye puertos, marina mercante, logística, comercio exterior y la cadena de valor que conecta al país con el mundo.
En ese ámbito, México tiene también una agenda pendiente y urgente. La ampliación de puertos clave como Manzanillo —el más importante del país en términos de volumen de contenedores— debería considerarse no solo una política de desarrollo económico, sino de seguridad nacional. Lo mismo aplica para el Corredor del Istmo de Tehuantepec, cuyo potencial como alternativa logística interoceánica es enorme, pero que hasta ahora ha recibido inversiones insuficientes para desplegarlo plenamente.
Un puerto no opera en el vacío. Es el primer eslabón visible de una cadena enorme de actores privados y públicos, de infraestructura terrestre, de seguridad jurídica y de condiciones logísticas que pueden hacer —o deshacer— su atractivo para operadores internacionales.
Esta es quizás la lección más importante que a veces se pasa por alto en los debates de política marítima: no basta con tener un buen puerto. Si las autopistas que lo conectan con el interior del país —como ocurre en algunos tramos de Michoacán o Jalisco— presentan problemas graves de robo a carga o inseguridad, el efecto se transmite directamente a la percepción de riesgo de las navieras y operadores globales. Una cadena logística es tan fuerte como su eslabón más débil.
Invertir en puertos sin garantizar la seguridad del corredor logístico interior es como construir un aeropuerto sin carreteras de acceso. El potencial se queda atrapado en el papel.
Celebrar con ojos abiertos
Nada de lo anterior resta mérito a la labor cotidiana de los hombres y mujeres que integran la Secretaría de Marina, ni a los logros reales del sector marítimo nacional. El Día de la Marina es, legítimamente, una ocasión de orgullo.
Pero el verdadero homenaje a una institución —y a un sector— no es la celebración acrítica, sino el compromiso con su mejora. México tiene la geografía, la vocación y el potencial para convertirse en una potencia marítima regional de verdad. Solo hace falta la voluntad política, los recursos y la visión de largo plazo para hacerlo posible.
El mar espera. Y México, tarde o temprano, tendrá que estar a la altura.
Foto: ARM Juárez (POLA 101). Internet.
Coincido con el diagnóstico, pero ¿apostar por plataformas grandes, caras y escasas sigue siendo racional cuando las guerras reciente parecen premiar masa, dispersión y reemplazabilidad?