Christian J. Ehrlich. 20 de Junio de 2026
El pasado 6 de junio, durante el Aniversario del Día de la Marina Nacional, la Secretaría de Marina–Armada de México presentó lo que ha denominado su Nuevo Concepto Operativo Naval (que en este texto identificaremos como NCON-MX). Según la propia institución, la nueva visión descansa en dos ejes: una defensa vertical del espacio aéreo marítimo y una defensa en profundidad que proyecta el poder naval mexicano en la mar. Se trata, sin duda, de un esfuerzo conceptual loable y necesario: por primera vez en décadas, la Armada articula públicamente una doctrina propia, con vocabulario técnico-naval moderno y una narrativa de integración entre inteligencia, preparación y poder naval. Ese ejercicio merece reconocimiento.
Sin embargo, con todo el respeto que una Institución vital del Estado Mexicano se merece, es necesario señalar que el NCON-MX, tal como fue presentado, deja más preguntas que respuestas. La razón central es simple: se ha adoptado un término doctrinal —“defensa en profundidad”— cuyo significado naval establecido no corresponde con los medios y capacidades que la propia Armada anuncia para sustentarlo.
Un concepto sin el despliegue que lo justifique
De acuerdo con la presentación oficial, más allá de las 200 millas náuticas que delimitan la Zona Económica Exclusiva mexicana, la Armada proyecta desplegar los futuros Buques Patrulla Multipropósito (MPV), unidades aún no construidas, previstas para entrar en operación hasta 2029. Se trata de buques con capacidad limitada de desembarco anfibio y con cubierta de vuelo para, a lo sumo, dos helicópteros; es decir, lejos de un buque de asalto anfibio (LHD) o de una unidad de combate de línea. Sus misiones declaradas —vigilancia de largo alcance, apoyo humanitario, operaciones del Plan Marina y funciones logísticas— son, en sí mismas, valiosas y necesarias para un país con los litorales y compromisos de México.
Desde mi perspectiva, el problema no es el tipo de buque: es la forma en que se percibe su utilización. No es posible, ni conceptualmente sostenible, presentar un MPV —un buque patrulla multipropósito de capacidades limitadas— como el componente articulador de una “defensa en profundidad”. La defensa en profundidad, como doctrina naval, es una estrategia de capas (layers) sucesivas en las que cada anillo de defensa cumple una función de combate específica, y cuya capa exterior —la que enfrenta la amenaza antes de que alcance el territorio o los intereses nacionales— requiere, entre otros elementos, buques de línea con capacidad para sostener los tres tipos clásicos de guerra naval: antisuperficie, antiaérea y antisubmarina. Un MPV, por diseño, no posee esas capacidades de combate porque no fue pensado para eso.
Para ello se requieren fragatas, y México ya tiene un proyecto, conocido y parcialmente armado, que responde precisamente a esa necesidad: el de las fragatas Sigma 10514, hoy detenido tras la entrega de una sola unidad, la POLA ARM Juárez 101.
Lo que realmente significa “defensa en profundidad”: el referente chino
Resulta útil contrastar el NCO-MX con un caso donde la defensa en profundidad sí se ha desarrollado con coherencia entre doctrina y capacidades: la Armada de China (PLAN por sus siglas en inglés). La postura naval china se articula en tres capas geográficas sucesivas, que se corresponden con lo que dicho país llama “cadenas de islas”. Esta postura no es nueva, pues viene de un diseño que ha evolucionado desde los años 1980s, cuando el Almirante Liu Huaqing planteó el camino de modernización naval de China hacia el siglo XXI.
La primera capa corresponde a la primera cadena de islas, donde Beijing ha construido un robusto sistema de antiacceso/denegación de área (A2/AD), combinando misiles antibuque de largo alcance, sensores, submarinos y aviación naval, diseñado para impedir o encarecer la entrada de fuerzas adversarias en esa zona. La segunda capa se proyecta hacia la segunda cadena de islas, sostenida por una flota de superficie de combate creciente —destructores, fragatas y, cada vez más, grupos de portaaviones— con capacidad real de control de mar. La tercera capa corresponde, al menos en el diseño doctrinal, a la tercera cadena de islas y a una capacidad de despliegue global hacia todo el Indo-Pacífico, sostenida por buques de línea de alta resistencia, logística de gran alcance y, crecientemente, presencia de portaaviones.
Esa es la verdadera defensa en profundidad.
Desde mi perspectiva, lo relevante del caso chino no es la escala —evidentemente incomparable con la de México— sino la lógica: cada capa de la defensa en profundidad china está sustentada por plataformas de combate con letalidad creciente o, al menos, suficiente para imponer costos a un adversario en esa capa específica. Es esa correspondencia entre concepto y capacidad la que, hoy por hoy, no existe en el NCO-MX.
Por ello, como señala el Vicealmirante (Ret) y Doctor César Olivares Acosta, sería más adecuado describir lo presentado el 6 de junio como una “presencia naval en profundidad”, un concepto legítimo y útil para vigilancia, interdicción y proyección de bandera, pero distinto, en esencia doctrinal, de una verdadera “defensa en profundidad”.
Una propuesta
Lo anterior no resta mérito a la introducción de los MPV. De hecho, son una incorporación bienvenida: podrían finalmente sustituir a los ya fatigados buques ex clase Newport —ARM Papaloapan y ARM Usumacinta— que durante décadas han sostenido, con esfuerzo notable de sus tripulaciones, capacidades logísticas y anfibias que la Armada necesita renovar con urgencia.
Todo mi respeto a esa decisión, si la construcción sigue avante.
Pero si la intención institucional es, como se ha declarado, desarrollar una auténtica postura de defensa en profundidad —algo que yo aplaudo, dado el enorme potencial marítimo mexicano— el camino lógico no pasa por experimentar con una nueva clase de buque aún en planos, sino por retomar y reactivar el proyecto de fragatas Sigma 10514. Es un diseño ya probado en aguas mexicanas y en ejercicios tan demandantes como RIMPAC, con una unidad operando desde hace años, con curva de aprendizaje industrial ya recorrida en los astilleros nacionales y con la arquitectura de combate multimisión que la última capa de cualquier defensa en profundidad exige. No son tiempos de experimentar con conceptos nuevos sobre plataformas que no fueron diseñadas para sostenerlos; son tiempos de consolidar lo que ya funcionó una vez y que, por las razones que sean, quedó detenido después de la primera unidad.
En suma: el NCO-MX es un avance comunicacional y doctrinal valioso para la Armada de México, pero su pilar material aún no corresponde al nombre que se le ha dado. Cerrar esa brecha entre discurso y capacidad —retomando el proyecto Sigma 10514 como columna vertebral de la última capa defensiva— sería el paso más coherente para que la “defensa en profundidad” mexicana deje de ser, por ahora, una aspiración bien nombrada y se convierta en una realidad operativa.
Imagen destacada: elaboración propia
Tal vez valdría la pena diferenciar entre el concepto de “defensa en
profundidad” frente a actores estatales tradicionales (como el caso
chino) y frente a amenazas predominantemente asimétricas (como las que
enfrenta México). Quizá lo que propone la Armada es una versión
ajustada, o “low cost” si se permite el término: una primera capa de
vigilancia lejana (radares, drones, inteligencia); una segunda con OPVs y
MPV; una tercera con ala móvil; una cuarta con guardacostas e
infantería de Marina; y una quinta orientada a la protección de
infraestructura costera crítica. No sería una defensa en profundidad de
alta intensidad, pero sí una adaptada al entorno operativo mexicano.