Los pasados 28 y 29 de septiembre se llevó a cabo la cuarta Conferencia de Seguridad Transatlántica, “Bridging Power: Naval Powers and the Future of Transatlantic Security”. La conferencia fue impulsada por la Fundación Konrad Adenauer, la Universidad Anáhuac y el Institute for Strategy and Defense Research, que coordino. A lo largo de esos dos días se planteó cuál es el rol de las potencias medias en el escenario internacional.
Más de 100 invitados de los sectores diplomático, de seguridad internacional, de defensa, académico y empresarial tuvieron acceso a diálogos de alto nivel en las diversas conferencias, mesas de trabajo y discusiones uno a uno con especialistas de México, Sudamérica, Europa, Estados Unidos y Canadá.
Durante el segundo día tuve la oportunidad de moderar la mesa sobre el rol de las potencias medias y sus marinas de guerra en la seguridad marítima del siglo XXI. El panel reunió a verdaderos especialistas en la materia, entre ellos dos miembros de la Armada de México, un especialista chileno y un representante de la industria naval internacional.
Como el encuentro se rigió por la regla de Chatham House, no puedo ahondar en las opiniones específicas de los participantes, por respeto a la libertad y la apertura con que se llevó a cabo el diálogo. No obstante, sí puedo resumir algunas de las reflexiones más importantes que surgieron de esta experiencia, tomando en consideración el trabajo de Mulqueen, Sanders y Speller en su libro Small Navies: Strategy and Policy for Small Navies in War and Peace.
El panel coincidió en que una evaluación objetiva de una marina de guerra debe ir mucho más allá de las consideraciones típicas, como el desplazamiento, los tipos de sistemas de armas, el nivel de operatividad o el alcance. También debe considerar lo que los autores llaman “orden de efecto”, es decir, ¿qué capacidad tienen las marinas para incidir en el escenario internacional más allá de sus aguas territoriales, en relación con el peso específico de sus naciones?
Existen marinas de países relativamente pequeños que, sin embargo, poseen la capacidad de influir de manera decisiva en el balance de fuerzas regional e internacional. Por el contrario, también hay países con un territorio sumamente amplio cuyas marinas de guerra apenas influyen en lo que sucede más allá de sus mares.
El caso mexicano es paradigmático. Se trata de una nación bioceánica, con 11,000 km de costas y 3.5 millones de km² de espacio marítimo, que al menos desde su independencia a inicios del siglo XIX ha mantenido una capacidad naval ciertamente limitada. Esto se debe a factores de tipo histórico, social y político. Puede argumentarse, con cierto grado de razón, que durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX México enfrentó numerosos retos y antagonismos internos. Estos desincentivaron que el país viera en los mares, y por tanto en su poder naval, una opción estratégica para el desarrollo nacional. Sin embargo, transcurrido ya un cuarto de siglo de este nuevo milenio, y con una economía que se encuentra entre las 15 más grandes del mundo, vale la pena preguntarse qué tipo de marina de guerra desea México consolidar en las próximas décadas.
De manera aún más fundamental, conviene preguntarse qué tipo de relación desea el Estado mexicano impulsar, sostener y proteger con respecto a los océanos del mundo. O dicho de otra forma, ¿cuál es el tipo de Poder Marítimo Integral que busca México?
Los participantes del foro coincidieron en que el México del futuro no podrá seguir ignorando la importancia estratégica del mar. Más temprano que tarde, tendrá que impulsar lo que yo llamo un poder marítimo integral.
Parafraseando al gran Julian S. Corbett, los buques de guerra constituyen, o deben constituir, la expresión material de las ideas tácticas y estratégicas de sus naciones. Por tanto, si México desea ampliar sus opciones estratégicas en el dominio marítimo, tendrá necesariamente que desarrollar una flota naval acorde con ello.
Hasta ahora, la Armada de México ha desarrollado capacidades predominantemente de tipo policial o de guardia costera. Es tiempo de retomar el desarrollo de capacidades de defensa naval mínimas y escalables que permitan ejercer una disuasión marítima más allá de las 200 millas náuticas de la zona económica exclusiva.
Siguiendo el argumento teórico de Geoffrey Till sobre las marinas posmodernas, habremos de imaginar una fuerza naval que participe activamente, con capacidades propias y en coaliciones internacionales, en el mantenimiento de la seguridad de las vías marítimas de comunicación. La economía mexicana depende, y dependerá cada vez más, de estas verdaderas autopistas de la globalización. Por ello, debemos avanzar hacia una marina de nivel 4 en la escala de Basil Germond. Es decir, una marina capaz de conducir operaciones de tipo policial y mantener capacidades autónomas de defensa costera, pero también de conducir operaciones limitadas de proyección y de participar en coaliciones en operaciones de proyección de alta intensidad.
Las marinas de nivel 4 no buscan en absoluto mantener una presencia permanente más allá de sus espacios marítimos geoestratégicos. Lo que buscan es tener la capacidad de proteger esos espacios y de participar activamente en el mantenimiento del orden internacional basado en reglas, mediante operaciones conjuntas con otras fuerzas navales.
Me parece un gran avance que se haya retomado la construcción naval militar en México a través de varios proyectos, principalmente el de las nuevas patrullas oceánicas clase Yucatán. Estas son ligeramente menores en desplazamiento y eslora que sus predecesoras de la clase Oaxaca, pero prometen un desempeño mucho mayor tanto en velocidad como en alcance operativo.
Para el éxito de este proyecto será fundamental que se le asignen recursos financieros de manera constante, más allá de la actual administración. Sin embargo, la construcción de patrullas oceánicas será a todas luces insuficiente, sobre todo si se quiere avanzar hacia el nuevo modelo operativo de la Armada, denominado “Defensa en Profundidad”. Por ello, debe retomarse a la brevedad el proyecto suspendido de fragatas multipropósito clase Sigma. Estas pueden desarrollarse inicialmente bajo el concepto de fitted for, but not with, a fin de reducir los costos iniciales de producción. Para ello habrán de buscarse mecanismos de financiamiento tanto en la banca nacional como en Europa, e incluso podrían establecerse mecanismos de compensación industrial (offsets).
Desde mi perspectiva, el área geoestratégica marítima de México comprende no solo el espacio adyacente a nuestra zona económica exclusiva, tanto en el Pacífico como en el Atlántico y el mar Caribe, sino también el espacio marítimo centroamericano. Partiendo de la premisa de que México es un puente entre Sudamérica y Norteamérica, el entorno marítimo del istmo centroamericano debe verse como un espacio en el que México ha de procurar la estabilidad y la seguridad marítimas.

Área Geoestratégica Marítima Mexicana. Elaboración propia.
Como comenté en el panel, México podría explorar encabezar un acuerdo de seguridad marítima con estas naciones, similar al esquema de cooperación que ya existe entre México y sus vecinos norteamericanos, conocido como NAMSI (North American Maritime Security Initiative). Un acuerdo de seguridad marítima entre México y Centroamérica, en el que nuestro país fuese el centro de gravedad, nos permitiría ampliar nuestra capacidad de decisión y de maniobra frente a Estados Unidos y la región.
Sin duda, todo lo anterior requiere aceptar que México es una potencia media, más allá de su autopercepción. Tras dos días de intensas discusiones, a todos los participantes nos quedó claro que el mundo espera mucho más de México y que nuestro país aún tiene bastante más que ofrecer. El espacio marítimo podría ser precisamente una vía para ampliar el peso específico de México, sin generar mayores fricciónes. Es ahí donde la Secretaría de Marina, como principal responsable de impulsar el poder marítimo integral mexicano, desempeñará un papel preponderante.
Texto original. Imagen de encabezado elaborado con IA.