México y el Weimar Global

La velocidad de los cambios en el escenario internacional actual representa un reto enorme para quienes intentamos entenderlos y, en la medida de nuestras posibilidades, explicarlos.

Tan sólo en lo que va de 2026, una serie de acontecimientos se han sucedido con tal velocidad, que unos meses atrás hubiesen parecido imposibles o, al menos, poco probables: la caída de Maduro en Venezuela (pero manteniendo el régimen chavista, casi intacto en lo político pero pro-Washington en lo económico), la operación Furia Épica para decapitar al régimen iraní y la construcción de una alianza anti-crimen organizado en América, orbitando alrededor de la estrategia de la Administración Trump, bajo el corolario de la redefinición de la Doctrina Monroe.

En Europa, la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania parece no tener fin, pues ambos bandos han entrado en una fase de desgaste donde los avances tácticos en tierra -lentos, inestables- no se traducen en ventajas estratégicas. De hecho, hay quien dice que el nivel operacional de la guerra (campañas, teatros de batalla) ha dejado de tener sentido ahí, dando paso a una configuración de enfrentamientos tele-dirigidos en pequeños “Pockets” a lo largo de cientos de kilómetros de frente, que no arrojan ningún resultado militar tangible: bajas de soldados a cambio de nada. Para quienes fuimos formados en el estudio de los “cuatro factores” vitales de un conflicto militar (poder de fuego, maniobra, masa y tempo), se nos han acabado los marcos de análisis; pero tampoco es que hayan surgido nuevos. 

“Guerra multidimensional”, “guerra en la zona gris”, “operaciones de narrativa”, etc; tampoco alcanzan para explicar ese conflicto, o al menos no de manera profunda. 

Pareciera que este siglo será el del continuo desorden (en lo que nace uno nuevo, aun desconocido en palabras del analista alemán Carlo Massala). O como Robert D. Kaplan señala en su último libro: un Weimar Mundial donde la libertad no puede prosperar en medio del caos. Quizás vale la pena recordar a Colin s. Gray, acaso uno de los estrategas más concienzudos de nuestro tiempo, que en 2005 comentó que el siglo XXI sería el de grandes conflictos, atizados por la combinación de factores como el cambio climático y la lucha creciente por recursos escasos. 

Creo que algunos le llaman a esto “policrisis”, que más que un concepto profundo y bien aterrizado, sirve de baúl donde podemos meter todo lo que no entendemos y que de cierta forma “securitizamos” (et tu, Buzan?): migración forzada, control de la cadena de valor de tierras raras, guerrillas de liberación nacional, hidro-política, indigenismo, guerra identitaria y un larguísimo etcétera.

¿Y qué le queda a México, en medio de este Weimar Global?

Nuestro país enfrenta, me parece, uno de los momentos más complejos de su historia reciente. De hecho, creo que estamos ante un reto de proporciones enormes como no lo habíamos vivido desde el fin de la Revolución, a principios del siglo XX. Situados al sur de una potencia global “con carácter de adolescente”, en palabras de George Friedman, en medio de un orden internacional que desparece cada día, basado en el multilateralismo incluyente, y un desorden que no termina de acomodarse, somos hoy quizás más vulnerables que nunca. 

La redefinición de la Doctrina Monroe bajo el corolario de la Administración Trump no es un asunto de retórica populista: es, en buena medida, un asunto sobre el futuro geoestratégico de México. La presión para sumarse a la arquitectura anti-crimen organizado impulsada desde Washington, la renegociación permanente del T-MEC como instrumento de disciplina geopolítica, la disputa por el control de los flujos migratorios y la creciente militarización del concepto de frontera, son todos capítulos de una misma historia que nos involucra directamente, querámoslo o no.

Si la “policrisis” es el baúl donde caben todas las amenazas que no sabemos nombrar bien, México tiene la particularidad de que muchas de ellas coexisten adentro de sus fronteras: el crimen organizado transnacional como actor cuasi-estatal, la dependencia estructural de remesas, la fragilidad hídrica en un país que ya libra sus primeras guerras del agua a nivel municipal, y una identidad nacional sometida a tensiones centrífugas —regionales, étnicas, económicas— que ningún proyecto político ha sabido resolver del todo. 

Seamos honestos, el gran reto geopolítico de México ha sido el no haber logrado, a más de 200 años de vida independiente, consolidar un proyecto de estado-nación que provea en toda su geografía (terrestre y marítima) lo mínimo: órden, seguridad, desarrollo y libertad. 

Frente a todo esto, el riesgo mayor no es que México elija mal entre las potencias en pugna, pues me parece que no tenemos muchas opciones: nuestro país es un “pivote geopolítico” (Brzezinski) que, nos guste o no, es parte de Norteamérica y es aquí donde yace nuestro futuro político, económico y social. El riesgo mayor es que no elija: que la inercia, la improvisación o la ilusión de una neutralidad que el mundo ya no admite, nos dejen sin agencia en el momento en que más la necesitamos. 

El Weimar global no espera a quienes no tienen estrategia. O citando al gran Arturo Sarukhán: el que no este en la mesa, será parte del menú.

Y estrategia, al final, es simplemente saber qué se quiere preservar y a qué precio se está dispuesto a defenderlo.

Imagen propia: Die Nebel des Krieges (a Weiqi interpretation).

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